Buscando el Norte

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Sí, habíamos perdido el Norte y teníamos que encontrarlo pero ¿donde?. Empezamos por buscar a gente que hubiera encontrado su propio Norte, esto nos llevó a Candeleda, a exáctamente 186 km de Madrid. Quedamos con mi heroína, me resultaba tan extraño saber de alguien que se había marchado así, tal cual, tenía que verlo, ver que super poderes tenía.

Marisol no llevaba capa, quería una casa con jardín y huerta. De momento solo había encontrado un piso pero estaba encantada descubriendo los paseos y rincones, mejorando cada día la escuelita dónde llevaría a su hijo en medio de un olivar, feliz.

Esta fué la primera visita, la primera conversación fuera de nuestra realidad de oficinistas. A Guillermo y a mi se nos fue abriendo la mirada a cómo, poco a poco, puedes ir cambiando las cosas. Pero ahí nos quedamos, contentos y relajados con saber que de alguna manera era posible y que Candeleda era una opción entre tantas.

El problema es que darte cuenta de que tienes infinitas opciones es tan útil como no tener ninguna, y terminas dando vueltas en círculos, poniendo parches. Este era el cuadro: Guillermo intentaba montar una empresa por Internet para agarrar las riendas de nuestras vidas; el peque tuvo que empezar a ir a casa de una mamá de día que cuidaba de su propio hijo y del nuestro (porque tomar las riendas de nuestras vidas requería “delegar” a nuestro hijo tres o cuatro horas). Y Yo, con reducción de jornada, y llegando tarde a todas partes, me había tenido que comprar una bici para llegar a recogerle a tiempo. Nada terminaba de encajar pero casi no teníamos tiempo para pensar en ello.

Todo este ajetreo tenía una razón muy simple, no queríamos caer en las 8 horas de oficina y 9 horas de guardería. Éramos una especie de locos excéntricos queriéndose complicar la vida por nada “…¿Qué problema hay? ¡No es para tanto, luego se lo pasan genial!”

Sinceramente para mi el problema era no ver ningún problema. ¿De verdad es normal tener un hijo para darle la cena, bañarlo y meterlo en la cama? ¿Es normal que te cuenten otros si tu hijo se ha levantado, si ha dicho sus primeras palabras? ¿Que tengas que interrogar a alguien para pasar las revisiones del pediatra? Me niego a admitir que sea normal pero admitiré que empieza a ser la norma. 

Yo buscaba ideas en nuestro entorno para que mi hijo no cayera también en el “es lo que hay” pero más pronto que tarde me vi a mi misma defendiendo mi postura (y defendiendo es la palabra correcta) con referencias a estudios de universidades, artículos de neurocientíficos y libros de psicólogos infantiles. Me había convertido en la pesada de las referencias científicas, ya no podía tener una conversación en la que sólo participara mi opinión. Ya me veía creando una petición en change.org “dejen a los padres ser padres y a los hijos ser hijos” pero era una guerra que nadie quería pelear ¿Cuantos habíamos perdido el norte?, y lo que es más preocupante, ¿Puede permitirse el sistema que todos busquemos nuestro norte?…

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