Una crítica contructiva

Por lo visto como mucho tenemos 10 años, así de media, entre la renovación celular de unos tejidos y otros resulta que cada de 10 años somos prácticamente otra persona.

Todos los días nacemos un poco, nos construimos con aquello que comemos y cambiamos de opinión con aquello que vivimos. Por el mismo motivo también morimos un poco todos los días y vamos dejando atrás las distintas personas que hemos sido hasta que llega un punto que solo quedamos unidas a ellas por el recuerdo.

Ya no soy ni podré ser aquella niña que hacía volteretas en el jardín de casa de mi abuela comiendo sandía. Esa sandía entró a formar parte de mí un tiempo pero ya no hay rastro ni de la sandía ni de esa persona que fui, y ya no soy.

Lo que de verdad me gusta de este pensamiento de estar continuamente construyéndome y dejándome atrás es pensar que puedo tomar las riendas, elegir con qué ladrillos voy regenerando mis tejidos, con qué vivencias alimento mis nuevos recuerdos y qué persona quiero llegar a ser.

El primer problema que te encuentras a la hora de construirte es la oferta de materiales, los ladrillos. Gracias o desgracias a una dermatitis de mi hijo me digné a leer los ingredientes de mi lista de la compra para evitar aquellos productos que podían ocasionar problemas dermatológicos, esos ladrillos que nos habían ocasionado meses y meses de ronchones en la piel. La conclusión fue que salí como entré, con el carro vacío.

Entonces pasas por la fase de dejar de ir al supermercado y empiezas a investigar otros mercados: que si harina de espelta, panela, leche vegetal y los tomates de la vecina que recién cogidos de la mata están mucho más ricos.

Pues no os lo vais a creer, pero de toda esta “consciencia” de la alimentación que me hizo dudar de toda la seguridad alimentaria, lo que más miedo me da es consumir producto de huerta local (no ecológico me refiero). Sé que esto no va a ser muy popular pero, por lo que conozco de las empresas de fitosanitarios  y lo que he visto en estos dos años como paisana, me he dado cuenta que algo no cuadra.

Es cierto que cada vez es más difícil registrar un producto nuevo y cada año se retiran más materias activas complicándole la existencia a las agroquímicas. También es cierto que el registro de un producto tiene muchísimo trabajo de campo, de laboratorio, estadístico, todo para determinar su eficacia y seguridad. Es muy cierto que los niveles que se consideran admisibles en los alimentos son muy muy inferiores a aquellos que dan síntomas de intoxicación (aunque también es cierto que si esos niveles eliminan a medio plazo ciertas bacterias de tu flora intestinal, nadie se entera).

Ahora bien, estas cantidades “admisibles” que dan cierta seguridad alimentaria están sujetas a que el producto se use en el periodo adecuado, en las condiciones meteorológicas señaladas, en la dosis estipulada y respetando el periodo de seguridad. Fuera de estas condiciones, la industria química se lava las manos.

El problema que yo veo es que Asturias no es una región hortícola. Los productos de huerta local vienen de pequeñas explotaciones (dadas de alta en la agraria o no) y las lleva el agricultor de toda la vida con un arsenal para la aplicación de estos productos que suele consistir en una mochila de pulverización y un atomizador de mano.

Sí ,sí, a mi también me pasa, veo a una señora entrañable dándole con el flus flus a la huerta y quiero hacerla una foto, pero veo una barra de pulverización de pesticidas avanzando sobre un campo de maíz a velocidad constante y me entra de todo menos hambre. Los dos están aplicando lo mismo, con la diferencia de que la barra de pulverización seguramente esté siguiendo todas las especificaciones y la señora con el flus flus no hay manera de que siga ni una linea recta.

Seamos realistas: el periodo adecuado para el paisano es “cuando llegue a casa”.La dilución, si hay suerte, la hacen la primera vez según lo claras que sean las instrucciones (aunque ya sé de más de uno y más de dos que se pasan de largo porque “yo antes echaba otro que era el triple y me iba bien”) pero es que además por lo general, con el uso, cada maestrillo se hace su librillo y las instrucciones se van alejando de aquello que se dictaminó como seguro. Añado que la dilución no es lo único que determina la dosis; no veo a ningún paisano calculando el caudal de sus instrumentos de aspersión, midiendo los metros cuadrados de huerto y viendo a que velocidad tienen que avanzar para aplicar la concentración adecuada y de manera uniforme…¿y el periodo de seguridad? No nos engañemos, el periodo de seguridad viene a ser “los días que faltan para el mercado local”. Además no se si os habréis dado cuenta pero en Asturias llueve bastante y plana plana no es. Muchos de estos productos terminan marchándose por escorrentía antes de que actúe contra la plaga, obligando al agricultor a una segunda dosis, o una tercera. Entonces, al riesgo de estar sobredosificando de nuevo se suma la contaminación del medio aguas abajo.

pesticidas

No es culpa del agricultor, estos venenos se piensan para sistemas de producción mucho más controlados pero ninguna empresa se resiste a hacer un formato de andar por casa. Al final el primer afectado es el paisano, resulta que la única seguridad que tiene respecto a la salubridad de sus verduras es que “saben naturales” y la nada desdeñable “nadie de  mi familia se ha muerto de esto”…bueno, a saber. Hay que entender que no están más ricos porque sean naturales, están más ricos porque no los han recolectado verdes, y no han estado en cámara. Ya tendrían que tener niveles altamente tóxicos de pesticida para que se notara en el sabor.

Lo cierto es que son alimentos que tienen todas las papeletas para no haber seguido las normas de salubridad y seguridad respecto al uso de estos pesticidas y sin embargo llegan al mercado de excedentes y fruterías sin ningún tipo de control sanitario. 

No soy una defensora a ultranza de lo ecológico (defensora sí, a ultranza no, porque creo que hay muchos matices). Pero estoy viendo que en la realidad de Asturias es necesario apoyar este tipo de producción, por el bien de todos, y aún a riesgo de generar una cantidad incontrolable de competencia, hay que pedirles a los paisanos que no echen nada (porque hacerlo bien, incluso queriendo, es imposible sin medios). Los Alemanes cuando importan exigen residuo cero en nuestros productos porque así lo demanda el consumidor, es absurdo que sea más sano comer tomates españoles en Alemania que tomarlos frescos de la huerta .El consumo local tiene que ser siempre la mejor opción.

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